Un artículo técnico sobre cigarrillos electrónicos desmonta, sin estridencias, la base experimental de parte de la literatura sobre riesgos y sugiere que estamos midiendo la combustión del algodón, no el hábito humano.
Un vaporizador de alta potencia (del tipo sub-ohm, usado en modo direct-to-lung) no debe confundirse con un “cigarrillo electrónico” genérico. Es una máquina de pequeño tamaño pero de alta precisión, sensible a dos variables que determinan su destino: evaporar o degradar. El aire y el líquido, o el equilibrio inestable entre ambos, lo deciden todo.
Una resistencia calienta una mecha de algodón empapada en e-líquido. El aerosol, a su vez, no surge automáticamente. Es el resultado de una negociación continua entre el calor y la reposición de humedad. Un pacto preciso entre evitar el sobrecalentamiento y mantener el equilibrio.
El acuerdo es simple: suficiente aire para disipar el calor, suficiente capacidad de absorción para mantener húmedo el algodón. Pero cuando una de estas condiciones falla, por un ajuste inadecuado de potencia o de flujo, por una reposición tardía de líquido o por un protocolo que impone caudales bajos a un dispositivo diseñado para caladas voluminosas, la naturaleza del “vapor” cambia.
En lugar de una evaporación eficiente, el sistema comienza a operar al borde del sobrecalentamiento. El aerosol, entonces, deja de ser un simple sustituto del uso y pasa a representar, aunque sin intención, un ensayo de degradación térmica.
El flujo de aire atraviesa el conjunto durante la calada e impide que el calor se acumule, como en una fiebre sin válvula de escape. La capacidad de absorción (wicking) es la otra mitad de este pacto termodinámico: la habilidad del algodón para reabsorber el líquido con rapidez suficiente como para no secarse.
Pero esta armonía es inestable, siempre está al borde del colapso. Aumente la potencia y restrinja el flujo de aire o, en laboratorio, mantenga un régimen por debajo de lo que estos dispositivos requieren y el punto “óptimo” se reduce peligrosamente. El algodón se seca, la resistencia entra en ebullición anómala y la química se reconfigura. Compuestos carbonílicos, como los aldehídos, tienden a emerger, lo que señala que la transformación ha dejado de ser física y se ha vuelto molecularmente sospechosa.
Los usuarios tienen un nombre para ese punto en el que el sabor delata el fallo y se vuelve inconfundible: dry puff. Una calada con sabor a quemado, descrita como repulsiva, invasiva e invariablemente evitada. Pero lo que el cuerpo rechaza, el protocolo lo acepta: en laboratorio, la calada se impone, continua, inmune al desagrado.
Es en esta disonancia entre ingeniería y sensación, causada por un dispositivo fuera de su régimen estable que genera un aerosol fallido, donde Sébastien Soulet y Roberto A. Sussman fundamentan su crítica a la literatura experimental: no se trata solo de parámetros técnicos, sino de escuchar lo que el gusto intenta decir.
Ciencia bajo la lupa
En el artículo “Critical Appraisal of Exposure Studies of E-Cigarette Aerosol Generated by High-Powered Devices”, publicado en Contributions to Tobacco & Nicotine Research en diciembre de 2025, Soulet y Sussman no intentan responder a la pregunta que suele dominar el debate público: ¿hace daño?
No hacen seguimiento de personas, ni construyen cohortes, ni estiman riesgos poblacionales. Lo que hacen es más modesto y por eso más inquietante: abren el método.
Tratan el aerosol como lo que realmente es en estudios preclínicos: el agente experimental. Y se preguntan lo esencial: si lo que ciertos laboratorios generan para exponer células o roedores corresponde, desde el punto de vista físico, a lo que un usuario humano inhalaría de forma plausible. O si no es más que un artefacto protocolario producido al forzar el dispositivo más allá de su régimen establecido.
La consecuencia, si tienen razón, no es un juicio moral: es un problema de validez. Una hipótesis que acecha la literatura: ¿y si lo que se está midiendo no es el comportamiento humano, sino el colapso de una máquina?
Soulet y Sussman demuestran que existen indicios consistentes de que parte de la literatura puede estar midiendo el colapso de una máquina e interpretándolo como si fuera comportamiento humano.
Su blanco es deliberadamente estrecho: estudios preclínicos de exposición con diseños experimentales recurrentes y limitaciones mecánicas específicas. No están “revaluando el vapeo” como fenómeno poblacional. Están preguntando, con precisión quirúrgica, si el agente experimental, tal como se genera en ciertos protocolos, sigue mereciendo ese nombre.
La pregunta que estructura el artículo es simple, técnica, casi burocrática. Pero contiene, en silencio, un temblor: ¿qué es, exactamente, lo que entra en la cámara de exposición cuando un estudio afirma estar probando “vapeo”?
La respuesta que proponen Soulet y Sussman traslada el debate del terreno moral al mecánico. En el artículo observan que, aunque el consumo ha migrado “de forma abrumadora” hacia pods y dispositivos desechables de baja potencia, los modelos sub-ohm de alta potencia siguen siendo empleados con frecuencia en estudios preclínicos.
Muchos de estos estudios utilizan protocolos heredados del CORESTA RM81 o variantes cercanas, que operan con caudales en torno a un litro por minuto.
Para un pod, eso puede ser un punto de partida razonable. Para un sub-ohm de alta potencia puede ser otra cosa: un ajuste que estrecha la ventana de operación estable y empuja el sistema al sobrecalentamiento.
Eso no invalida el estudio de extremos. Pero resulta insostenible tratarlos como normativos o describirlos de modo que el lector no sepa bajo qué régimen físico se ha generado el aerosol. En ese punto, el error ya no es solo técnico. Es interpretativo.
Un litro por minuto
El objetivo técnico del artículo es poner en evidencia un vicio estructural de la estandarización: cuando una vara de medir, diseñada para un tipo de dispositivo, se convierte en norma universal.
En la práctica, el protocolo CORESTA RM81 define caladas de tres segundos y 55 mililitros con intervalos de treinta segundos y un flujo constante.
La crítica de Soulet y Sussman comienza con un detalle que parece menor hasta que se convierte en física: 55 mililitros en tres segundos equivalen a unos dieciocho mililitros por segundo, o poco más de un litro por minuto.
En ciertos dispositivos, eso es simplemente el estándar. En otros, especialmente los sub-ohm de alta potencia, esa tasa actúa como un estrangulamiento: reduce la disipación térmica, estrecha la ventana de funcionamiento estable y empuja el sistema hacia el umbral del sobrecalentamiento.
La regla, en este caso, deja de medir. Comienza a deformar.
Por eso los autores evitan hablar “del vapeo” de forma abstracta. El recorte es deliberadamente estrecho y, precisamente por ello, significativo. El artículo se centra en un ecosistema experimental recurrente: el sistema automatizado InExpose/SCIREQ, acoplado repetidamente al mismo mod, el JoyeTech E-Vic Mini, con frecuencia usando una resistencia sub-ohm de 0,15 Ω.
No se trata de una revisión de la toxicología de los cigarrillos electrónicos en general. Es una auditoría de un subconjunto en el que la repetición del montaje experimental permite formular una pregunta concreta: ¿qué tipo de aerosol tiende a generar este método?
Es en esa tubería, no en alguna abstracción sobre “el vapeo”, donde los autores localizan el cuello de botella crucial.
El sistema InExpose, argumentan, tiene un techo físico: un pico instantáneo de 1,675 litros por minuto que, en caladas de dos a cuatro segundos, resulta en flujos prácticos de entre 1 y 2 L/min.
Ese límite no es un detalle de ingeniería. Es la línea que separa dos regímenes operativos. Con suficiente aire, el dispositivo se comporta como fue diseñado: disipa el calor, mantiene la estabilidad térmica, produce vaporización constante. Con aire insuficiente, entra en modo de fallo. El aerosol deja de reflejar el uso y empieza a portar la huella térmica de un sistema sobrecalentado.
La crítica se ancla en un punto que los autores repiten con insistencia: para ciertos dispositivos sub-ohm operando a alta potencia el flujo de aire típico de protocolos como el RM81 no es simplemente “bajo”, es físicamente insuficiente.
En trabajos anteriores, que ahora retoman, argumentan que se necesitan caudales mucho más altos, del orden de 10 L/min, para generar aerosoles sin forzar el dispositivo a sobrecalentarse ni provocar un aumento brusco en la emisión de compuestos carbonílicos.
En el artículo, esta cifra no aparece como una preferencia ni como una opinión. Se presenta como un límite operativo y una condición mínima para la estabilidad térmica y la validez experimental.
Cuando se comparan calibraciones a 1,1 L/min y 10 L/min, la crítica deja de ser teórica. Con más aire, argumentan, mejora la eficiencia térmica, el dispositivo se estabiliza y su comportamiento se vuelve más predecible. Incluso los valores que muestra la pantalla del mod, voltaje, potencia, empiezan a reflejar con mayor precisión lo que realmente ocurre en la resistencia.
Ese nivel de flujo de aire también es coherente con el diseño direct-to-lung: un estilo de uso que implica caladas voluminosas y una baja resistencia a la inhalación.
El poder del argumento reside justamente en su resistencia a la polarización: no es moral, es ingeniería.
Poco aire, alta potencia, baja resistencia y la ventana de operación estable se encoge.
En el léxico del propio artículo, el “régimen óptimo” es aquel en que la masa de e-líquido vaporizada crece de forma aproximadamente lineal con el aumento de potencia. Cuando esa curva pierde su linealidad, se inicia un régimen de baja eficiencia térmica. Y es en ese punto, afirman, cuando los compuestos carbonílicos, como los aldehídos, tienden a aumentar de forma abrupta.
Lo que ve la célula
Si el aerosol es el agente experimental, entonces es a él, no al título del estudio, a lo que responde la biología. Y eso cambia el eje de la pregunta. Antes de discutir la “toxicidad”, dicen los autores, hay que preguntarse: ¿qué fue exactamente lo que se generó para provocar esa respuesta en células y roedores?
En el texto, Soulet y Sussman afirman que, además de diez estudios prácticamente irreproducibles, al menos 31 de los 41 trabajos analizados muestran indicios, directos o indirectos, de que los organismos fueron expuestos a aerosoles sobrecalentados y cargados de aldehídos.
Un perfil que no aparece por azar, sino como resultado de un patrón técnico: alta potencia, bajo flujo de aire y baja resistencia, la tríada que desplaza el experimento hacia un régimen de fallo.
Identifican dos problemas adicionales que, sobre el papel, parecen simples ajustes, pero que alteran de forma decisiva la dosis y el realismo experimental.
En tres estudios, el aerosol se generó a partir de e-líquidos con concentraciones de nicotina de 30, 36 y 50 mg/mL. Una elección que, según los autores, distorsiona el patrón de consumo: concentraciones tan altas tienden a presentarse en dispositivos de baja potencia, no en mods de alta potencia. El resultado, afirman, es una sobreexposición irreal tanto en sistemas in vitro como in vivo.
El segundo indicio de desviación es la detección de monóxido de carbono en la cámara de exposición. Para los autores, se trata de una evidencia inequívoca de sobrecalentamiento avanzado, con pirólisis y oxidación que afectan al algodón de la mecha. Esto no solo compromete el perfil térmico del experimento, sino que también sugiere la liberación de subproductos adicionales del algodón, contaminando el aerosol generado con residuos que no forman parte del uso típico.
La parte más delicada está en cómo Soulet y Sussman conectan estudios dispersos con una misma conclusión, incluso cuando los métodos están mal descritos. Construyen ese puente con dos herramientas: las curvas de funcionamiento y las curvas de calibración.
En las curvas de funcionamiento sostienen que, bajo un flujo de aire de 1,1 L/min (el régimen CORESTA), el “régimen óptimo” del E-Vic Mini con resistencia de 0,15 Ω se comprime a un rango estrecho: entre 15 y 30 vatios.
Según los autores, los 30 vatios entregados (equivalentes a unos 35 W en pantalla) marcan el techo operativo de ese régimen. Por encima de ese punto, el dispositivo entra en sobrecalentamiento, con signos de film boiling y un aumento exponencial en la emisión de aldehídos.
Añaden un detalle que actúa como ancla sensorial y narrativa: esa transición, dicen, sería perceptible para el usuario como una sensación desagradable, algo que el cuerpo aprende a evitar, pero que el protocolo no registra.
Es en la segunda herramienta, la calibración, donde llega el golpe más directo a la confianza en la pantalla del dispositivo.
El artículo describe desviaciones significativas entre el valor mostrado por el mod y lo que realmente llega a la resistencia. En uno de los ejemplos, 4,2 V indicados en pantalla equivalen apenas a 2,85 V medidos, lo que equivale a 41 W de potencia real entregada.
Al revisar el rango de condiciones reportadas en la literatura analizada, los autores observan que la potencia efectiva tiende a “tocar el techo” entre 40 y 46 W. En estudios realizados en modo de control de temperatura, ese intervalo se asocia a temperaturas relativamente estables, pero elevadas, cercanas y en ocasiones superiores a los 300 °C.
Es en esa confluencia, de 40 a 46 W, bajo un flujo de aire considerado insuficiente, donde la crítica cobra forma: parte de lo que se ha tratado como “exposición a aerosol de vapeo” puede haber sido, en la práctica, exposición a un aerosol generado fuera del régimen óptimo, ya en la zona de sobrecalentamiento.
El método que no deja rastro
La tesis del “aerosol en modo de fallo” da lugar a una frase potente. Pero el argumento que perdura, y que es más difícil de refutar, es otro, más seco: en muchos de estos estudios, el método no deja suficientes huellas como para que otro laboratorio pueda reproducir lo que se generó.
Soulet y Sussman organizan los 41 artículos revisados según un criterio elemental: ¿es posible saber qué dispositivo se usó, qué resistencia y qué potencia o voltaje se aplicó?
En la taxonomía que proponen, “unknown” significa la ausencia total de esos parámetros: las condiciones son, literalmente, desconocidas. Estudios así, afirman, serían “completamente irreproducibles”.
Al examinar la tabla, identifican 14 estudios en la parte alta de la escala, etiquetados como “Certain”, “Almost certain” y “Suspicious”, que ofrecen al menos información mínima. De los 27 restantes, 16 aportan señales parciales que permiten inferir algo. Y los 10 últimos no ofrecen ni eso: son, para los autores, “completamente no reproducibles”; un “grave problema metodológico”.
Ya no se trata de discutir si el aerosol era plausible. Se trata de reconocer que, en una fracción significativa de la literatura, el agente experimental ni siquiera puede ser reconstruido.
El artículo lleva la crítica un paso más allá, hacia donde suele doler más: el sistema de validación científica.
Soulet y Sussman llaman a ese vacío informativo una falla grave, capaz de hacer que un estudio sea “básicamente irreproducible o imposible de replicar”.
Pero el diagnóstico no se limita a lo que falta en los artículos: alcanza también a quienes los aprueban.
Para los autores, esta omisión técnica recurrente revela un fallo en la revisión por pares, con revisores y editores “no atentos” al aspecto físico que determina, en realidad, el tipo de aerosol generado.
Lo que está en juego, sugieren, no es solo un dato impreciso, sino un error que atraviesa el experimento y pasa intacto por el proceso de validación.
Hay, sin embargo, una concesión importante, y aquí la narrativa exige el máximo rigor. Los autores reconocen que no pueden afirmar con “plena certeza” cuáles fueron las condiciones operativas en los 27 estudios que no describen parámetros mínimos. Hablan, en cambio, de una “alta probabilidad” de que la crítica dirigida a los 14 estudios mejor documentados también se aplique a los demás.
Esa inferencia se basa en dos elementos: la similitud entre los diseños experimentales y el hecho de que operar el sistema InExpose requiere formación, lo que tiende a llevar a los autores a repetir procedimientos ya consolidados.
La fragilidad, el hecho de que una inferencia no sea un dato, se convierte aquí en parte del propio argumento: cuando el método es opaco, la literatura se vuelve, por definición, difícil de auditar. Y la duda deja de ser una objeción. Pasa a ser el dato más fiable que queda.
La discusión que proponen los autores no es “la estandarización es mala”. Es otra, más simple y más exigente: probar extremos es legítimo, incluso deseable en salud pública, siempre que el texto los llame extremos. El problema comienza cuando el borde se convierte en rutina por inercia. O cuando el método se describe de forma tan incompleta que el lector asume representatividad donde solo había convención.
Si el aerosol es el agente experimental, lo mínimo necesario no es un adjetivo: es un esquema. Flujo de aire aplicado, tipo de resistencia, potencia suministrada (medida, no solo la que muestra la pantalla), perfil de calada. Sin eso, el resultado biológico no pierde validez por ser “alarmista”. La pierde por ser irrecuperable. No se puede reconstruir lo que, en definitiva, se puso a prueba.
El alcance de la crítica y el dato
Es fácil entender por qué este artículo puede convertirse en una herramienta para los defensores de la reducción de daños: ofrece una clave técnica para cuestionar estudios en los que el “aerosol” analizado tal vez no represente un uso plausible, sino el funcionamiento de un dispositivo fuera de su régimen estable.
Si la exposición se generó bajo condiciones de sobrecalentamiento, las señales biológicas observadas pueden estar infladas y el debate público, sin saberlo, acaba discutiendo un artefacto experimental como si fuera un hábito de consumo.
Pero la utilidad del artículo depende de una disciplina fundamental: resistir la tentación de tratarlo como una absolución. Soulet y Sussman no afirman que el vapeo sea “seguro”. Lo que sostienen es que hay razones concretas para desconfiar de la validez de ciertas exposiciones y, sobre todo, de cómo fueron descritas.
El enfoque es estrecho y deliberadamente repetitivo: InExpose/SCIREQ, E-Vic Mini, y, con frecuencia, resistencia sub-ohm. Ellos mismos recuerdan que esta arquitectura de dispositivo ya no representa el uso actual.
El E-Vic Mini fue lanzado en 2015 y hoy se describe como “difícil de encontrar” y de uso “marginal”. En 2019, los mods de alta potencia ya mostraban baja prevalencia: 6,3 % entre jóvenes, 9,5 % entre adultos jóvenes y, según los autores, esa cifra probablemente ha disminuido más con el dominio actual de pods y dispositivos desechables.
Eso debilita cualquier extrapolación fácil y, al mismo tiempo, recuerda que los nichos existen, y pueden merecer estudio, siempre que el estudio diga con precisión qué está haciendo.
El artículo plantea un problema práctico anterior a cualquier consigna regulatoria: cuando una política pública se apoya en estudios de exposición, estos deben declarar con claridad qué están probando. ¿Se trata de uso típico? ¿De un uso extremo pero plausible? ¿O de un modo de fallo inducido por parámetros de laboratorio?
Es legítimo ir al límite. Lo que no se puede hacer es llamarlo centro por inercia o describirlo de manera tan incompleta que el lector termine suponiendo representatividad donde solo hay convención.
Si este estudio deja un legado, probablemente no será un veredicto sobre el riesgo humano, sino la necesidad de un estándar mínimo de honestidad técnica presentado en forma de directriz.
Los autores recomiendan calibrar previamente los dispositivos. Afirman que el E-Vic Mini funciona con mayor eficiencia y muestra lecturas más confiables bajo un flujo de 10 L/min, coherente con su diseño direct-to-lung. Así mismo, sugieren que, si el equipo debe operar con flujos bajos, se eviten configuraciones que lo empujen fuera del régimen óptimo.
La moraleja, para interesados como reguladores y periodistas, es menos una cuestión de valores que de método: desconfíe de conclusiones contundentes cuando no se sepa con precisión cómo se generó el aerosol o cuando el propio montaje experimental parezca diseñado para provocar sobrecalentamiento.
En ciencia, a veces el dato más importante no está en el gráfico. Está en el ajuste previo: en el aire que el método deja pasar.
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