Sébastien Soulet y Roberto A. Sussman ponen el dedo donde más duele a la ciencia: en el método. En una revisión técnica, advierten que un protocolo “estándar” para generar aerosol en laboratorio puede estar forzando a dispositivos de alta potencia a un régimen de sobrecalentamiento, lo que genera un aerosol que los usuarios reales evitarían instintivamente. Si tienen razón, parte de la literatura preclínica sobre el vapeo no describiría el uso humano, sino la biología de un fallo mecánico estandarizado.
En el entorno silencioso y controlado de un laboratorio de toxicología, una máquina “respira” con disciplina: tres segundos de calada, treinta segundos de pausa, y así repetir. No duda, no tose, no aprende. Aspira mediante un cigarrillo electrónico de alta potencia y deposita el aerosol en una cámara de exposición donde aguardan células o animales. Luego llega el ritual contemporáneo de la certeza: medir, registrar, publicar.
Durante años, buena parte del debate sobre el vapeo ha girado en torno a una pregunta moral y política: ¿es una puerta de entrada para jóvenes o una salida para fumadores? Pero una revisión técnica reciente propone un giro menos ideológico y más incómodo: antes de discutir conclusiones, conviene verificar si los experimentos están produciendo lo mismo que inhala un usuario real o si están fabricando otra cosa, un artefacto del método.
Esa es la tesis central de Sébastien Soulet y Roberto A. Sussman en una revisión publicada en Contributions to Tobacco & Nicotine Research: una auditoría forense de estudios preclínicos que emplean dispositivos “sub-ohm” (baja resistencia, alta potencia) bajo condiciones estandarizadas. Su hallazgo, en términos simples, es devastador para la confianza: con frecuencia, el “vapor” analizado podría no representar el uso humano típico, sino un aerosol generado en un régimen de sobrecalentamiento que, en la vida real, los usuarios perciben como repulsivo y evitan.
Lo que está en juego no es solo el vapeo. Es la validez: qué mide exactamente un experimento cuando la máquina no puede hacer lo que cualquier cuerpo puede hacer: reaccionar, corregir, detenerse.
El villano discreto: un litro por minuto
La discusión no arranca con la nicotina ni con la industria. Arranca con un parámetro que, en la jerga de protocolos, suena casi inocente: el flujo de aire.
Muchos laboratorios generan aerosoles con el protocolo CORESTA RM81 (o variantes menores), que opera con caudales de alrededor de 1 L/min. Los autores argumentan que esa cifra puede funcionar para dispositivos de baja potencia, como los “pods” que hoy dominan el mercado, pero se vuelve un cuello de botella cuando se aplica a equipos de alta potencia diseñados para inhalación “direct-to-lung” (DTL).
Aquí entra la física y, con ella, una idea simple: en estos dispositivos, el aire no es un detalle; es parte del sistema de refrigeración.
Un sub-ohm de alta potencia vive de un equilibrio termodinámico:
- Más potencia calienta la resistencia,
- La mecha (generalmente algodón) alimenta líquido,
- Y un alto flujo de aire evacúa el calor y enfría el aerosol.
En ese pacto, el flujo de aire no es un “acompañamiento”, sino una condición de estabilidad. Si se reduce drásticamente el aire y se mantiene la potencia, el dispositivo puede pasar a otro modo de funcionamiento: una evaporación menos eficiente y una mayor degradación térmica.
Soulet y Sussman lo cuantifican con una comparación concreta para un equipo y resistencia usados con frecuencia en sistemas de exposición tipo InExpose/SCIREQ. Con 10 L/min, el “régimen óptimo” de operación se extiende aproximadamente entre 20 y 63 W; con 1,1 L/min, ese rango se estrecha a 15–30 W. Por encima de ~30 W, con ese aire reducido, comienzan condiciones de sobrecalentamiento asociadas a fenómenos críticos como el film boiling y un aumento exponencial de aldehídos.
Dicho de otro modo: el protocolo “estándar” puede empujar un dispositivo a su zona de fallo.
Y hay un detalle institucional que vuelve esto más que una discusión académica: la documentación citada por los autores para un controlador usado en equipos SCIREQ menciona un flujo máximo instantáneo de 1,675 L/min, lo que deja el sistema, de hecho, atrapado en el rango de 1–2 L/min. Si se pretende operar un sub-ohm a alta potencia con ese límite, el sobrecalentamiento deja de ser una posibilidad: se convierte en un riesgo sistemático del diseño experimental.
Lo que la máquina no puede saber: la señal sensorial
Hasta aquí, el argumento podría parecer una disputa técnica entre laboratorios. Pero el punto más inquietante surge cuando entra, por fin, el cuerpo.
Los usuarios tienen un nombre para el fallo térmico: “calada seca” (dry hit). No es un concepto abstracto, es una experiencia: áspera, quemada, intensamente desagradable. Lo crucial es lo que implica: un mecanismo de retroalimentación. Las personas modifican su comportamiento cuando aparece esa señal: espacian caladas, bajan la potencia, inhalan distinto o paran.
La máquina, en cambio, es incapaz de “aprender” del asco. Repite. Soulet y Sussman insisten en un malentendido frecuente: la “calada seca” no es solo el momento final en el que se agota el líquido, es el punto extremo de un régimen de sobrecalentamiento que puede iniciarse sin que el tanque esté vacío y cuyos signos los usuarios perciben antes del colapso.
Aquí, la ciencia tropieza con algo que suele despreciar como “subjetivo”: el gusto como sensor. No como prueba definitiva, sino como indicador de que el experimento se ha salido del mundo real.
Y esa es la grieta metodológica: si el aerosol de laboratorio está dominado por un estado que la gente evita activamente, ¿qué significa extrapolar esos resultados a “exposición humana”?
La auditoría: 41 estudios, mucha niebla metodológica
Para convertir una sospecha mecánica en diagnóstico, los autores revisan 41 estudios que utilizaron una configuración (InExpose/SCIREQ con determinados dispositivos y resistencias) y clasifican el grado de información reportada.
El retrato de campo es el de una disciplina que, en la prisa por medir efectos biológicos, a veces deja en penumbra la pieza que produce el objeto de estudio: el aerosol. En su clasificación, 10 estudios quedan como “completamente irreproducibles” porque no reportan parámetros mínimos del proceso de generación; otros aportan información parcial y solo una fracción describe las condiciones con suficiente detalle como para reconstruirlas. condiciones.
En el marco de su análisis, concluyen que, más allá de los irreproducibles, en al menos 31 de los 41 hay suficientes indicios directos o indirectos para sostener que células y animales fueron expuestos a aerosoles sobrecalentados y cargados de aldehídos generados por la combinación de alta potencia, bajo flujo de aire y baja resistencia.
Lo importante aquí no es solo el número. Es el patrón: un protocolo pensado para “estandarizar” podría estar estandarizando una desviación.
Marcadores que delatan el sobrecalentamiento: aldehídos, CO y la trampa de la pantalla
En toxicología, a veces no se puede observar el fallo directamente, pero sí rastrear sus huellas. Una de esas huellas es el aumento de los aldehídos (formaldehído, acetaldehído, acroleína). Los autores muestran que, bajo condiciones de bajo flujo, al superarse el techo del “régimen óptimo”, los aldehídos se disparan exponencialmente.
Otra huella, más grave, es la presencia de monóxido de carbono (CO), que apunta a una pirólisis avanzada de la mecha. En su discusión, citan cuantificaciones en las que el CO varía ampliamente entre experimentos y lo interpretan como señal de sobrecalentamiento energético y degradación del material orgánico con liberación adicional de subproductos tóxicos.
Y hay una tercera trampa, más mundana: la del panel del dispositivo. Soulet y Sussman describen discrepancias entre lo que la pantalla “dice” (voltaje/potencia) y lo que realmente se entrega a la resistencia. Un ejemplo ilustrativo: un valor mostrado de 4,2 V puede corresponder a un voltaje medido bastante menor y, aun así, implicar una potencia suministrada alta (del orden de 40+ W), suficiente para cruzar el umbral de sobrecalentamiento cuando el flujo de aire es bajo.
La implicación es incómoda para cualquiera que confíe en “ajustes nominales”: si no se calibra, el laboratorio puede creer que está en una zona y estar en otra.
La defensa del estándar y por qué no basta
Un toxicólogo que defienda los protocolos estandarizados podría decir con razón: «Necesitamos comparabilidad». Si cada laboratorio “puffea” por su cuenta, los resultados no se pueden contrastar; el campo se vuelve una torre de Babel.
Ese argumento es fuerte. Pero solo funciona si el estándar se encuentra dentro de un rango físicamente pertinente para el dispositivo estudiado.
Cuando el estándar opera como un corsé que fuerza al sistema a su zona de fallo, la comparabilidad puede volverse una ilusión: muchos estudios comparables entre sí… porque están reproduciendo el mismo artefacto.
Soulet y Sussman no sostienen que estudiar condiciones extremas sea ilegítimo. Dicen que debe llamarse por su nombre: condiciones anómalas, no “uso estándar”. Y señalan como inaceptable la normalización silenciosa del fallo: la idea de que, mientras el tanque no esté vacío, todo lo demás se cuenta como “vapeo normal”.
En un tema tan cargado como la nicotina, la ciencia rara vez vive aislada. Los resultados de laboratorio viajan: entran en notas de prensa, comparecencias parlamentarias, litigios, campañas. En esa cadena, el matiz se evapora con facilidad.
Ahí está el mayor riesgo de la crítica: si parte de la literatura preclínica se basa en aerosoles producidos en regímenes de sobrecalentamiento, los efectos dañinos observados podrían describir, en buena medida, la toxicidad de un fallo térmico.
Eso no significa que el vapeo sea inocuo. Significa algo más básico: que una evidencia mal anclada se convierte en combustible para cualquier agenda. Para quienes buscan una regulación dura, sirve como munición; para quienes buscan minimizar riesgos, sirve como contraataque (“todo está mal medido”). El resultado, en ambos casos, es el mismo: el público pierde confianza en la ciencia y los decisores reciben la imagen un espejo deformante.
Una salida: calibrar, describir, respirar como respira un humano
La parte menos citada y quizá más útil de la revisión es su tramo propositivo: recomendaciones para que el método recupere el realismo sin perder el rigor.
Entre otras cosas, piden calibración previa del equipo, especial cuidado con resistencias sub-ohm bajo flujos bajos y un mensaje directo a los fabricantes de sistemas de exposición: si se van a usar sub-ohm a alta potencia, el controlador debería permitir flujos cercanos a 10 L/min; si no, debe instruirse a trabajar en potencias bajas que mantengan el dispositivo dentro del régimen óptimo.
También lanzan una pregunta que, leída con calma, es una acusación suave: ¿por qué seguir basando estudios generales en un mod lanzado en 2015 y hoy marginal en consumo cuando el mercado se ha desplazado hacia dispositivos de baja potencia?
La ciencia, por definición, simplifica. Pero simplificar no debería significar abandonar el fenómeno real.
Volvamos a la máquina del principio. En su repetición perfecta hay una belleza fría: elimina la variación, reduce el ruido, produce números. Pero esa misma perfección es su punto ciego: no puede reconocer el momento en el cual el sistema deja de comportarse como un usuario y empieza a actuar como un dispositivo en estrés.
La revisión de Soulet y Sussman no resuelve el debate sobre el vapeo, sino que lo desplaza a un terreno más honesto. No pregunta “¿es bueno o malo?”. Pregunta: “¿qué estamos midiendo exactamente?”. Y sugiere que, en un campo en el que la evidencia alimenta las decisiones públicas, esa pregunta no es un lujo filosófico. Es el cimiento.
Antes de exigirle a la biología que dictamine sobre “el vapeo”, hay que mirar con sospecha el primer eslabón: el aerosol que le entregamos en la cámara. Puede que lo que la ciencia está juzgando no sea el hábito humano, sino una falla mecánica cuidadosamente estandarizada.
Referencia
Soulet, S., & Sussman, R. A. (2025). Critical appraisal of exposure studies of e-cigarette aerosol generated by high-powered devices. Contributions to Tobacco & Nicotine Research, 34(5), 202–221. https://doi.org/10.2478/cttr-2025-0019
La entrada La ciencia del vapeo bajo sospecha se publicó primero en VAPING TODAY.